domingo, 2 de febrero de 2014

MÁS ALLÁ DE TODO. EL RETORNO...

FOTORGRAFIA: JUAN MANUEL MOLINA.





Y de repente se vio allí delante de la puerta. Casi no había notado cómo sus pasos la habían llevado hasta ese lugar.

El peso del pasado caía sobre sus hombros repartido en las pequeñas gotas de lluvia, que no eran más que diminutas huellas mojadas impregnadas por el ayer.

Era una fría mañana de noviembre. El cielo estaba surcado de plomizas nubes que liberaban el agua con generosidad. El pueblo parecía haberse quedado anclado en el tiempo. Los adoquines del suelo permanecían allí como eternos invitados de piedra. Le parecía que por sus entresijos seguía creciendo el mismo musgo que la vio nacer.

Treinta años es mucho tiempo, pero apenas se notaba su transcurso en esa atmósfera húmeda.

Sintió una pequeña punzada en el pecho al volver a respirar sus calles que, en ese instante, estaban desérticas. Le pareció que la vida se encontraba en el interior de cada ventana como si cada una de ellas le permitiera observar un trozo de otras vidas igual que si de auténticas peceras se tratara.

Paseó la mirada hacia ambos lados mientras buscaba la llave en el interior del bolsillo de su abrigo. 

Sentía tanto frío, que con cada respiración formaba un pequeño velo al salir de sus labios.

Cogió la llave y la sostuvo un instante sobre su palma. Incluso a través del guante, podía percibir la frialdad del metal. Era una llave redonda y hueca con forma de arco en su punta.

Sus ojos miraron la puerta. La madera estaba agrietada prácticamente en su totalidad. Apenas se podía vislumbrar su color verde, que en otros tiempos brillaba porque una y otra vez se barnizaba con laca verde.

La mirilla era una pequeña ventanita situada justo en su centro, que con el pasar de los años parecía que se había integrado totalmente en ella, como si nunca hubiera podido ser abierta. Una sonrisa se dibujó en sus labios, porque por un momento a su mente llegó el recuerdo de ella misma cuando no era más que una niña y tenía que utilizar una banqueta para poder acceder a ella.

Soltó la maleta suspirando. Sabía lo que representaba abrirla. Era como abrir su caja de Pandora particular.

Con un suave ademán, inclinó un poco la cabeza hacia atrás porque necesitaba relajar los músculos del cuello por un instante, antes de sostener la llave entre sus dedos para introducirla en la cerradura.

La oscuridad se mostró sin barreras ante sus ojos. Tuvo que esperar unos segundos para habituarse a ella. Apoyó la maleta en la puerta y con pasos inseguros, casi a tientas, caminó en la dirección hacia donde ella recordaba que estaba la ventana.

Con la yema de los dedos la recorrió buscando el pequeño pestillo para poderla abrir. Lo levantó y al separar sus dos alas, ante sus ojos asomó una realidad fantasmagórica: el polvo acumulado por los años reinaba en el espacio. Todos los muebles estaban tapados por polvorientas telas que dejaban entrever la silueta de lo que intentaban ocultar.

Se giró para encaminarse hacia la puerta del patio interior de la casa. Corrió la cortina que la cobijaba y la abrió. La fría humedad de la mañana le golpeó de nuevo la cara y se detuvo justo en el centro. Era cuadrado, tenía una superficie de unos doscientos metros,  porque su abuelo en su momento le añadió terreno, llevado por el amor que sentía por su abuela. Ella pasaba un día tras otro las horas muertas allí.  Sonrió al observar que el limonero seguía todavía de pie en su esquina. Ahora daba aspecto casi de desvencijado, pero podía recordar como brillaban sus hojas y regalaba ufano el perfume de azahar, recorriendo cada rincón de la casa.

La mala hierba proliferaba por cada rincón, casi le llegaba a la altura de las rodillas. No podía contar la cantidad de macetas que ahora estaban vacías, pero en su momento pletóricas de color. La hiedra seguía creciendo por la pared, parecía que trepaba desde el suelo en dirección al cielo, como queriendo escapar de sus propias raíces.

Resignada, encogió los hombros. Había mucho que hacer en ese lugar, pero necesitaba hacerlo.
                                                                
Volvió sobre sus pasos para dirigirse hacia todos las estancias de la casa abriendo todas las ventanas que encontró y a su paso, la vida pareció despertar de su letargo, mientras que retiraba todas las telas y las llevaba al centro del jardín. 

Recorrió cada rincón buscando fotografías y seleccionó, sin dudar, algunas en concreto.

Arrastró como pudo un barreño grande que encontró casi oculto entre las hierbas y lo colocó justo en el centro, donde no pudiera rozar nada. Introdujo las telas y se quitó la máscara. Necesitaba poder mirar bien esas fotografías antes de tirarlas encima del pequeño montículo de tela.

Una tras otra desfilaron ante sus ojos. No quería dejar constancia de que alguna vez, esa persona hubiera formado parte de su vida. Necesitaba intentar borrarla. El simple hecho de que su imagen atrapada en papel pudiera devolverle la sonrisa, le repugnaba.

Nunca había sido muy buena encendiendo fuego, pero milagrosamente esta vez mordía oxigeno con verdadera rabia, haciendo crecer las llamas con rapidez. Caminó unos pasos atrás y se quedó quieta observándola, como hipnotizada.

—Sigues hermosa —el sonido de esa voz la devolvió a la realidad.

Se giró para ver a un hombre apoyado en el marco de la puerta. Lo que una vez fueron cabellos oscuros como la noche, hoy asomaban entre mechones blancos de luna. Su mirada se detuvo en sus ojos. Aquellos ojos le transportaron a unos recuerdos que ella guardaba como un tesoro.

—Hola, no sabía que estabas ahí. ¡Cuánto tiempo sin verte! —le contestó, intentando que su voz pareciera normal, a pesar de que notaba latir cada vez más deprisa a su corazón.

—Creo que pierdes el tiempo. El fuego no borra pesadillas.

—Tienes razón. No, no las borra. Pero es reconfortante reducirlas a cenizas. —Las palabras salían atropelladas por su boca. En un intento de disimular su nerviosismo, se giró  de nuevo para poder observar a unas  llamas que parecían crecer sin trabas.

—Me alegra verte, de verdad. ¿Te piensas quedar? 

—A mí también  —y sonrió con timidez. —Sí, me quedo. Siento que no tengo que estar en otro lugar, que este es mi sitio.

Carlos caminó lentamente hasta detenerse a su lado. Todavía seguía manteniendo la misma altura. Ella casi le llegaba a los hombros. Permaneció quieto y callado observando el fuego. Una pequeña columna de humo gris se levantaba hacia el cielo, parecía querer liberar los segundos de vida atrapados en aquellas fotografías, queriéndolas dejar a merced del viento. Sus pequeñas partículas simulaban danzar una sinfonía inexistente.

—Todos estos años sin tener noticia tuyas. Nada —prosiguió hablando todavía sin mirarla. — ¿Has sido feliz?

—Sí, no puedo quejarme. Me casé con un hombre que me amó hasta que murió. No he tenido hijos. No es algo que me apene, simplemente resultó de esta manera. Luché muchísimo por encontrar mi camino —puntualizó sin mirarlo. — ¿Y tú? —y ahora sí, al preguntar le buscó directamente los ojos.

—¿Yo?… no.  No, me casé.  Si es eso lo que quieres saber. Pero he amado… sí, alguna vez he amado. —Al contestarle, centró su atención de nuevo en la pequeña hoguera.—He retenido tu imagen debajo de aquel paraguas todos estos años —su voz sonó ronca por la emoción. Se giró y la cogió por los hombros. —Todavía no entiendo por qué no quisiste que me marchara contigo —y su mirada recorría los rasgos de Isabel como queriendo obtener de ellos la respuesta. —Aquella mañana, te llevaste contigo mucho de mí al subir a ese autobús. No he podido secarme la sensación de humedad que me dejó esa fina lluvia. Es muy duro decir adiós.

—Yo... —Isabel agachó la cabeza, tenía que conseguir controlarse. —Carlos no podías venir. No te podía amar si antes no me amaba a mí misma. Era necesario que me marchara, aunque eso significase dejarte atrás. Te aseguro que no habría salido bien por las condiciones en las que me encontraba.

Carlos le sujetó la barbilla y la levantó con suavidad. Clavó sus ojos en los de ella, buscando su propio reflejo. Los ojos de Isabel eran oscuros, profundos trozos de noche atrapados en el interior de sus córneas.

—¿Por qué has vuelto? —la pregunta hizo eco en el interior del pequeño patio. Nada más decirlo Carlos la soltó y centró su atención de nuevo en la pequeña hoguera.
—No tengo otro sitio mejor al que ir…
—¿Qué te pasa? —su tono de voz había cambiado al hacerle la pregunta.
—Nada en especial. Imagino que intento encontrar mi lugar de nuevo.

Carlos caminó hacia ella y la abrazó. Metió la cara entre su cabello para poder respirar su aroma. Sintió que le trasportaba al mismo cielo, que era capaz de oler el bello vuelo de un pájaro.

—He pasado la vida amando a un recuerdo. No tienes idea de lo que he llegado a sentir bajo mi piel. No tienes ni idea —insistió susurrándole al oído; mientras Isabel tenía la cara apoyada en su hombro. No quería llorar, pero la emoción la embargaba.

—No entiendo cómo puedes quererme. Ni siquiera soy la misma persona —susurró con los ojos cerrados.

—El corazón no entiende de razones, por eso ni me molesto en buscar una explicación —contestó Carlos apretándola un poco más a su pecho.

Permanecieron abrazados, mientras la pequeña hoguera empezaba a agonizar reduciéndose prácticamente a cenizas.

El cielo se había vuelto, si cabe, un poco más oscuro. Entonces, en mitad del silencio, empezaron a caer los primeros copos de nieve.
—¿Vamos? —le preguntó Carlos, mientras la soltaba para mostrarle su mano abierta y extendida ante ella.

Isabel miró la mano y sonrió. Sintió que por fin el miedo había desaparecido de su vida, a la vez que un fuerte latido, casi salvaje, le recorría el pecho.

—¡Dios! ¡Cómo lo deseo!
 


Beatriz Cáceres.