miércoles, 12 de junio de 2013

UN CHUBASQUERO DE CHAROL AZUL...




Foto: Rafael Cascales.


Lo que no se ve,
alcanza la magnitud
tan sólo equiparable
al insondable y profundo
abismo...



El sonido de su taconeo al caminar, provocaba que todas las miradas se dirigieran a la vez hacía el origen de esos pequeños ecos. Enfundada en unos ajustados jeans, las piernas de Nerea parecían dos columnas perfectas esculpidas centímetro a centímetro de sensualidad. La camisa blanca abotonada justo a partir del tercer botón, dejaba asomar unos senos simétricamente perfectos cubiertos por una piel tersa.
Nerea era la seducción forjada en forma de cuerpo de mujer.
Los reflejos del sol en su cabello parecían envidiar a las pequeñas sombras que juguetonas, se intercalaban entre los mechones y semejaban bailar una exuberante danza sobre sus bellos hombros, dando la sensación de que el aire que la envolvía suspiraba por su roce.
Al sentarse, dejó el gran bolso de color rojo que llevaba en la silla de al lado. Agitó su melena y su fragancia, una mezcla de flores exóticas donde la orquídea negra era la protagonista, empezó a reinar devorando espacios al mismo aire.
Llevaba el rostro semi oculto detrás de unas enormes gafas de sol de pasta oscura.
Al acercarse el camarero a la mesa tan solo levanto la mirada y le dijo…
—Un café solo, por favor —al decir esto, abrió el bolso y sacó un pintalabios de color rojo con un pequeño espejito. Lo abrió y comenzó a pintarse los labios con movimientos suaves, casi acariciándolos. Tenía exactamente el mismo color que las uñas, que enmarcaban unas manos muy bien cuidadas. Unas manos que parecían estar destinadas tan solo para una cosa... acariciar.
Y así se sucedían los días. Uno tras otro, como las hojas de un libro al ser leído. Las mismas pautas, la misma actitud. Cada vez un acompañante distinto.
Nerea nunca repetía.
Una mañana gris, de esas en que parece que las nubes se sienten demasiado perezosas para moverse y tan cansadas que ni siquiera la lluvia se siente con fuerza para derramarse sobre la tierra, Nerea entró enfundada en un chubasquero azul de charol.
Se sentó en la mesa e inició el mismo ritual de siempre. A su lado, una pareja estaba preparando a su bebé para volver a salir al exterior ya que amenazaba lluvia.
Nerea, allí sentada, los observaba con una pequeña sonrisa en sus labios perfectos. Al acercarse el camarero para preguntarle que quería tomar, lo miró, sonrió y dijo...
—¿Sabes? Lo daría todo por tener lo que ellos tienen.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó, sin llegar a comprender muy bien.
— El problema soy yo…   —y se guardó mucho de decirle lo que realmente estaba pensando. Nerea estaba convencida de que en muchas más ocasiones de las que se quisiera,  resulta que lo más brillante no es lo que tiene más luz. Todo lo contrario. Ese brillo puede esconder la oscuridad más absoluta. Y esa oscuridad atesora inseguridades, soledad, miedos y una gran incapacidad para sentir verdadero amor por nadie.
Al regresar el camarero con el café a la mesa, se encontró con que un nuevo acompañante estaba sentándose. Cuando dirigió los ojos hacía el rostro de Nerea, pudo sentir sus palabras ocultas en su sonrisa y le sorprendió comprobar que era especialmente deslumbrante.


Beatriz Cáceres.