miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA OLIVARERA.


FOTOGRAFÍA: SONIA OLIVERA ARACIL PINEDO.




Desde el mismo génesis el Olivo ha resultado ser uno de los árboles más sobresalientes por su simbología. La mente que ha recurrido a su imagen en algunos pasajes importantes de nuestra historia, ha sabido captar en él lo que ha escondido bajo su corteza.
Unas veces como símbolo de la paz.
Otras como significado de la regeneración.
Incluso ha llegado a colmar las más insignes testas de reyes.
Pero no contento con su magnificencia, entre sus raíces nutre parabienes a la misma tierra que lo acoge: desde aceite para ungir ceremonias, a uso medicinal, o como combustible para lámparas, y sobre todo para la fabricación de jabones.
De hecho en la Biblia el aceite de olivo simboliza el espíritu de Dios.
El olivo nace de sí mismo. Su quimera es resplandecer, a veces plateado, en su inmortalidad. No acomete a razones mundanas, se muestra erguido, incólume. En su paz sostenido. A veces parece retorcerse sobre sí mismo, urdiendo en su tronco oquedades en las que almacena el rechazo que le produce  un mundo al que cuesta comprender. Y aunque mil avatares intenten abatirlo siempre florecerá y regalará ufano un fruto que simboliza a la misma vida y a la generosidad.
El olivo forma una parte importante de nuestra entidad mediterránea. ¿Quién no ha soñado alguna vez con tumbarse a su sombra para dejarse arrastrar con el silencio de su sabiduría?
Un rincón para soñar, aunque a veces se pase por la vida sin encontrarlo.
Soy afortunada, porque gracias al consejo de un gran profesor amigo mío, he tenido la oportunidad de vivir ese segundo mágico.
He respirado el rincón de Sonia.
Sonia es una mujer espléndida. Es la olivarera, que no olivera, del mercado central. Y  te ofrece con una sonrisa iluminada por una mirada que guarda el cielo mediterráneo, el fruto de este árbol milenario en las mil y una formas en las que se puede disfrutar de él. Pero no contenta con eso, te brinda la oportunidad de vivir su amor por los libros.
Me pareció maravilloso verla rodeada por una pequeña biblioteca que pone a disposición de los clientes con alegría, a la vez que vende sus encurtidos.
Letras y olivas.
Una metáfora increíble del mejor destino para un árbol.
Pienso que no puede ser más excepcional, quizás por eso me recordó a la misma Minerva. La diosa romana considerada la diosa de la razón y cuyo símbolo vegetal era el olivo.
Sin pretenderlo simboliza a la perfección lo que nos ofrece nuestra misma tierra a raudales: eternidad con las palabras y el equilibrio que nos regala las ramas del olivo.

Una vez leí una frase de un escritor italiano que decía:
«Un campo de olivos es como una biblioteca donde uno va a olvidar la vida o a comprenderla mejor».
Así percibí a Sonia y a su rincón,como un campo de olivos.