miércoles, 17 de febrero de 2016

UN PEQUEÑO RELATO. 31. EL MATIZ DEL ADIÓS.

FOTO. ELENA KALIS.




"Ajena a todo por completo me debatía en mi propia lucha interior, mientras tenía un respiro momentáneo entre una punzada y otra de intenso dolor. Me zambullía intermitentemente en esas aguas, buscando en su abrazo cálido poder encontrar un poco de consuelo. Los acontecimientos se habían desarrollado de una manera tan vertiginosa que, aun cuando todavía no acababa de aceptar mi nueva situación, ya me estaba enfrentando con otra todavía más complicada. No hacía más que unas horas que acababa de averiguar que una vida se estaba formando dentro de mí y todavía no me había dado tiempo para asimilarlo, cuando por una cruel circunstancia en ese preciso momento, esa misma vida quería huir de mi cuerpo de la forma más dolorosa posible. 

Estaba embargada por sentimientos agridulces, por un lado era consciente de lo que representaba la existencia de ese hijo para mí y me mortificaba pensándolo. Me costaba un verdadero esfuerzo tan solo pensar que cada vez que le mirara iba a ser como rememorar una y otra vez una de las circunstancias más penosas de mi vida. Tenía que ser consecuente con mi naturaleza y no podía permitirme no serlo. La verdad era esa sin tapujos, porque si una cosa tenía clara es que no podía engañarme a mí misma y debía afrontar la realidad, como siempre lo había hecho desde que conseguía recordar. No quería ese hijo porque no era producto del amor, sino consecuencia de un acto cobarde, cruel y depravado. Se necesita ser de una pasta especialmente vil para infringirle ese tipo de tortura a otra persona que por la razón que sea, se pueda encontrar en desventaja. No existe ninguna justificación para eso.

La violencia no es la voz de la valentía sino que por el contrario, no es más que el lenguaje del cobarde.

Aunque por otro lado, existía un motivo inexorable que no era otro que el mismo significado de la maternidad con todo lo que ello supone y que por momentos me estaba venciendo porque cada vez era más continuas esas terrible punzadas de dolor. Por alguna extraña razón que no conseguía comprender, me resistía a perderle. Hasta este momento siempre había aceptado lo que la vida me había aportado, sin ningún tipo de resquemor y sin ni tan siquiera llegar a planteármelo. Así que, ¡Cómo iba a poder resistirme a no quererle! No dudaba que en él iba a latir una gran parte de mí. ¿Cómo podría sentir animadversión hacia algo tan mío? Estaba claro que eso no iba a ser posible y que hubiera podido acabar adorándolo sin más.

Mientras que mi mente estaba perdida en mi propio laberinto de emociones, cada vez me sentía más y más debilitada por el dolor; porque llegó un momento en el que no cesó y crecía y crecía aumentando su grado e intensidad. Lo hizo de una manera tan brutal que no pude más que gritar hasta que me dolió la garganta y Elizabeth, que todavía permanecía sentada en la orilla observándome, se levantó y corrió hacia mí todo lo rápido que pudo. Llegó justo en el instante en el que sentí con claridad que me abandonaba ese pequeño ser y se alejaba de mí arrastrado por la misma corriente de esas aguas.
Me abracé a ella totalmente agotada y sin poder dejar de llorar, mientras que el agua que nos rozaba en ese abrazo, estaba teñida de un rojo intenso. Un color que, por cierto, empezaba a parecerme el matiz del adiós."

Imagen: Elena Kalis. "FANTASÍAS BAJO EL MAR"
Texto: Beatriz Cáceres "EL MATIZ DEL ADIÓS"