lunes, 20 de enero de 2014

UN PEQUEÑO RELATO...27. CAZADORAS DE SUEÑOS...






Y es tu recuerdo, tu recuerdo...

El que consigue transportarme a una noche llena de duende, donde puedo ver mis propios pies descalzos; sembrando pequeñas huellas en una tierra donde el aire se mueve de manera diferente.

Y me envuelve, casi rompiendo piel,  tan delicada como pétalos de azahar.
Rodeadas por ese aroma, caminamos entre los arbustos repletos de flores, tan solo iluminadas por rayos de una luna que se abre pletórica en ese inmenso cielo. Se abre hasta no poder más. En un intento fugaz de querer hacernos sombra entre los sauces llorones.

Me sonríes.

Yo encojo los hombros, a la vez que mis ojos brillan por la emoción de estar robándole al silencio, el aliento atrapado en mi propia sonrisa.

Me coges del hombro para que me mantenga quieta.

—No te muevas, son hadas; no se dejan atrapar, —me lo susurras, a la vez que te lleva, con un gesto casi imperceptible, el dedo índice hacia los labios.

Coges el bote de cristal y con cuidado le abres la tapa. Con un gesto, me animas a que yo haga lo mismo.

Durante unos instantes, que a mí me parecen eternos, continuamos así, agazapadas entre las flores. La noche parece querer hablarnos a través de su propio sonido. Las ramas de los sauces simulan bailar, son tan largas que casi rozan el suelo. 

Por un instante necesito dejar de respirar, pues ante mí se despliega la belleza del misterio transformado en luz.

Llena de asombro puedo ver como si las estrellas del cielo se hubieran dejado caer hasta ese huerto, queriendo por unos instantes respirar el olor de la tierra húmeda. Agitadas por el canto de los grillos, se mueven sin cesar...

Mis ojos se llenan de lágrimas por la emoción, ante algo tan hermoso.

—Nena, mira... —me dices muy bajito, sentándote a la vez en el suelo a mi lado.

Me seco los ojos con mi mano y me das un bote lleno de luz.

—Ahora, cariño, vamos a abrir la tapa. Si no lo hacemos, morirán.
—Pero abuela, son preciosas —contesto, casi en un quiebro.
—Voy a decirte una cosa —continúa mi abuela totalmente ajena a mi pequeña rabieta. —Tienes que saber que cuando abramos la tapa si una de estas luces se queda... Esta será tu sueño. Es la magia que tienen las luciérnagas —al decir esto, abre la tapa con suavidad.
—Pero, ¿y si no se queda ninguna? ¿Entonces? —pregunto con curiosidad.
—Entonces, mi niña,  tendrás que salir en la noche a la luz de la luna, todas y cada una de las veces que sientas la inquietud de encontrarlo.