lunes, 11 de noviembre de 2013

UN PEQUEÑO RELATO...25. ¿LO IMPOSIBLE?.




La virtud de lo divino,
reside en el reflejo
de su propio ser,
desposeído de toda arrogancia.


-Lo voy a conseguir.- pensó Pier, mientras su mirada se dirigía hacia el horizonte. 

A sus pies, se abría un valle profundo. Las laderas totalmente esculpidas por una generosa vegetación, le daba el aspecto de ser una marea verde, cuyas crestas de los arboles mecían el sonido del viento. 

Justo en el fondo, cuando la mirada parecía que se iba a perder distraidamente en un abismo, estaba el pueblo. Desde su altura, las casas simulaban pequeños montículos de nieve caídos desde lo más alto de las cumbres de las montañas. Éstas dominaban el entorno con majestuosidad, erguidas, orgullosas, como siendo conscientes de su pétrea existencia. Y no era para menos, ya que se trataba de los Alpes.

Pier sonrió y levantó la vista hacia el cielo, dejando que los rayos suaves del sol de Noviembre, le acariciaran la cara.

-Mañana a esta hora, te sorprenderé.- dijo a penas en un susurro, a la vez que cargaba con la caja de herramientas y se dirigía hacia la base de la estructura.

Marie acababa de llegar a la pequeña panadería del pueblo. Casi no podía respirar por la cantidad de ropa que llevaba puesta. Cerró la puerta al entrar y una mirada de pesar recorrió su expresión. Al otro lado del cristal se podía ver la oscuridad durante el día. Los habitantes del pueblo caminaban cabizbajos inmersos en sus problemas.

El musgo recorría los entresijos entre los adoquines, subía por las paredes de las casas hacia los techos, parecía que nada podía frenar su avance. Crecía y se multiplicaba sin parar cobijado por la sombra, ésta se había adueñado de la atmósfera. Durante ochenta y tres días no podían disfrutar de los rayos de sol. Ninguno era capaz de llegar hasta el fondo de aquel valle.

Se sacó el abrigo y la bufanda y se puso el delantal. Un día más en la misma situación. No podía entender como un sitio tan hermoso pudiera parecer estar bloqueado por el tiempo. Las horas corrían una tras otra, impulsadas por las manecillas del reloj. Un reloj que permanecía escondido en la penumbra de un cajón.

Marie terminó la jornada. Se volvió a poner el abrigo y salió al exterior. Se detuvo un instante y dirigió su mirada hacía el cielo nocturno, la Luna esa noche parecía todavía más lejana si cabe. Agachó la cabeza y comenzó a caminar, ya que temía resbalar, el suelo a esas horas se convertía en una superficie totalmente deslizante.

Pier, decidió pasar la noche en la montaña. Presentía que iba a ser muy larga. Se metió en el saco de dormir casi abrazándose a sí mismo. La tela de la tienda de campaña a penas podía retener el frío del exterior. Pero sentía una cálida sensación en su interior...

El amanecer en el lateral de la colina del monte Scagiola  era excepcionalmente bello. Los primeros rayos de sol, parecían danzar entre las ramas de los árboles...Pero como si fuera a causa de una maldición provocada por algún Dios vengativo, estos pequeños rayos eran incapaces de bajar hasta el fondo de la montaña y esto venía ocurriendo desde el principio de los tiempos.

Pier se levantó,salió casi corriendo al exterior para no perderse ese instante. Durante unos minutos estuvo observando todo su alrededor. Respiró hondo cogiendo el maletín. Sin pensarlo se dirigió a la estructura.
Se quitó los guantes para poder teclear sobre el panel en qué dirección exacta quería dirigir el gran espejo. Y esperó...

Marie poco a poco se iba despertando. Sentía una sensación cálida recorriéndole la cara, por un instante creyó que todavía soñaba. Cuando alcanzó a abrir los ojos se quedó perpleja...El sol estaba dentro de su habitación.

En ese momento sonó su móvil...

-Buenos días.-le dijo Pier.

Marie estaba como en otro mundo. Tenía la mano levantada dejando que los rayos de sol juguetearan con sus dedos...

-Es mi forma de decirte que te quiero...Que menos que regalarte la belleza en toda su expresión.- continuó Pier casi susurrándole a través del teléfono.

-Eres lo más hermoso que me podía ocurrir.- le contestó Marie, a la vez que por sus mejillas corrían lágrimas de felicidad.




Basado en la historia real de un pueblo. Viganella está situado en la profundidad de un valle al pie de la montaña Scagiolla en los Alpes italianos. Durante ochenta y tres días no pueden recibir ni un sólo rayo de sol.  Así que idearon colocar un gran espejo en la loma de la montaña, para que por lo menos llegara el sol hasta la plaza de pueblo...