miércoles, 23 de octubre de 2013

UN PEQUEÑO RELATO. 24...LA PUERTA.



FOTO: JUAN MANUEL MOLINA


La fuerza de la Bestia
reside en la Sombra,
que la nutre
y a la vez,
confabula su propio desdeño.


“Uno a uno, ladrillo a ladrillo sin protección, con sus huesudas manos descubiertas; sin importarle los pequeños arañazos que le producía cogerlos. Uno a uno, fue colocándolos en el espacio abierto. Sin un momento de duda, uno detrás de otro. La eclipsada Sombra no cejaba en su empeño.

Cada ladrillo tenía un significado, un pensamiento; un sentimiento de lucha baldía. Tan solo una intención, que no es otra que la de encerrar a la bestia, negándole cualquier contacto con el mundo exterior. 
Necesitaba crear una puerta que no tuviera destino. Un sellado real, ante la vida... ante el dolor.

Mientras la Bestia, salvaje por vocación, se limitaba a acariciar las paredes con sus zarpas. Paredes descarnadas, que permitían a sus propias entrañas emerger a la luz, regando todo el suelo con su propio despojo. 

De vez en cuando entornaba los ojos, para luego proseguir su peregrinaje entre los recovecos de la estructura. De algún recóndito lugar de su mente una frase luchaba por emerger dentro del caos...

"Para que algo se arregle, primero se tiene que romper del todo", se repetía una y otra vez.

Y la Sombra continuaba sin descanso hasta que con un gran esfuerzo llegó al final. Tan solo consintió en dejar un pequeño espacio, una especie de tragaluz por el que pudieran penetrar en la estancia apenas tres rayos de sol robados a un día soleado.

Ante tal situación, en un momento de desesperación, la Bestia arremetió con fuerza contra las paredes. Intentó saltar lo más alto que pudo para conseguir tocar el techo en un intento inútil de poder escapar.
Cada vez caía con más fuerza contra el suelo
Su respiración era jadeante...

Parecía que dentro de sí empezaba a tomar conciencia de que no había salida.

Con desesperación se arrodilló en el centro de la habitación; mientras se balanceaba de un lado a otro y acompañaba su movimiento con un lastimero lamento. La Sombra la observaba pesarosa desde el pequeño tragaluz y no pudo reprimir que una lágrima surcara su faz con  su errático recorrido.

En un determinado momento, la Bestia se quedó quieta, terriblemente estática. La única vida la tenían sus ojos,  tenía la mirada totalmente concentrada en los ojos de Sombra. Ni un parpadeo, tan sólo su respiración.

Hasta que de un salto, se puso en pie y comenzó a avanzar hacia la puerta tabicada. Se detuvo delante de ella con las dos manos apoyadas en los laterales.
Podía sentir el latido de Sombra, su olor...

Cada vez gemía más y más fuerte.

Retrocedió unos pasos para coger fuerza y con todo el ímpetu que pudo, arremetió contra la puerta bloqueada. El impacto fue tan brutal que la tiró al suelo con el retroceso sobre los escombros. Una y otra vez, atacó a los ladrillos que empezaron a ceder ante su fuerza, resquebrajándose como el cristal más fino. Llegando al fin a desintegrarse totalmente.

La Bestia permanecía tumbada en el suelo...

La había tirado su propia fuerza con la inercia del último empujón. Herida, sangrante, hizo un último intento y como pudo se puso en pie. Tambaleándose por la debilidad, miró de frente a Sombra que en ese momento estaba cerrando los ojos. Sin dudarlo comenzó a caminar cada vez más deprisa, hasta que empezó a correr y de un salto se introdujo en su interior.

Sombra cayó al suelo como una suave hoja vencida. Se retorcía, entre espasmos incontrolables; mientras intentaba controlar a la Bestia, que estaba arañando espacios en sus entrañas. Pudo ver desde el ángulo que tenía desde el suelo el efecto devastador de la Bestia.

—No hay puerta en toda la tierra capaz de encerrar una fuerza como la tuya —pensó resignada.

Diana se incorporó de un salto en la cama. Estaba totalmente empapada de sudor. Flexionó las rodillas e introdujo la cabeza entre ellas. Tenía sus manos en el interior del propio arco que ella misma había creado.

No podía parar de llorar.

Había sido una pesadilla real, tan real que casi no podía controlar el temblor de sus manos.

Al cabo del rato, cuando por fin se apagaron los sollozos, levantó la cabeza y dirigió la mirada hacia la puerta de la habitación.
Estaba cerrada.
Ella era la responsable de que estuviera así. Por temor al dolor había decidido aislarse de todo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que eso no la llevaba a ninguna parte.

Lo único que había conseguido era alimentar y fortalecer a su propia Bestia interior. Permitiendo que Sombra, su espíritu de voluntad, estuviera expuesta al sacrificio.
Con un gesto rápido se secó los ojos y apartó las sabanas. Se puso de pie y se dirigió hacia la puerta.
Con el pomo entre sus dedos, se quedó quieta un segundo. Algo en su gesto cambió, la huella de la determinación fue ganando paulatinamente milímetros en su expresión.

—El valor inherente a una puerta, es que siempre se puede abrir. No sé hacia donde voy, pero no quiero tener miedo. Debo cruzarla —pensó, a la vez que empezaba a caminar.
 Observó que la vida había continuado sin ella y eso era
algo que no se podía repetir. Un cálido sentimiento le embargó el corazón.
¿Sería ESPERANZA?...