viernes, 22 de marzo de 2013

EL REGRESO DEL AYER...




El calor humeante de la taza de café consigue que Marina empiece a sentir que vuelve un poco en sí. Sumida totalmente en su pensamiento, se siente abstraída del mundo que gira a su alrededor.

No se inmuta. Es capaz de permanecer con la mirada fija en ese pequeño remolino de espuma de café; mientras en sus ojos se reflejan las pequeñas crestas que surgen al mover la cucharilla de café. Por un momento, sonríe al pensar que sostiene un pequeño océano en el interior de su taza.

Marina espera, espera sin ninguna prisa; mientras el mundo sigue su movimiento.

Retrocede con su pensamiento años atrás. Su memoria florece intacta. Sus recuerdos cobran vida como si no existiera el nexo del tiempo. Despiertan sacudiéndose el polvo e, incluso, algunas minúsculas telarañas que pensaba que no tenía.

Se vuelve a sentir joven y enamorada. Puede notar las pequeñas mariposas revoloteándole en el estómago, tan sólo por pensar en él, por pensar en Juan. Por caprichos del destino, sin ninguna razón en concreto, se habían separado. No conseguía saber si fue por su juventud o porque ella vivía en otro país, pero podía verse delante de él diciéndole adiós. No le suponía ningún esfuerzo recrear ese momento. 

Se llevó la mano hacía la cara con un movimiento inconsciente. No quería parecer una adolescente ante él, por eso intentaba controlar los nervios.
La expectación se le salía por los ojos.

Con el tiempo Marina se casó y llevó una vida plena hasta que enviudó.  Nunca pensó que le iba a suponer tanto esfuerzo seguir con su vida; sin embargo, ahora que sus hijos ya vivían la suya, por fin empezaba a sentir que tenía las riendas de su vida.

Y lo consiguió. Volvió a vivir de nuevo. En soledad, pero tranquila. 

Una noche, estando en casa tumbada en el sofá leyendo un libro, sonó el teléfono.

—¿Si?...
—Hola Marina... ¿Te acuerdas de mí? ¿Sabes quién soy? —le preguntó una voz que le resultó sorprendentemente familiar.
—Perdone, pero en este momento no sé... —dudó Marina.
—Marina, soy Alejandro... —oyó decir al otro lado del teléfono. En ese momento sintió como toda la sangre se detenía en su cara. ¿Alejandro?... Pero, ¿es posible? —intentó pensar con rapidez.
—Me gustaría poder verte. Llevo años intentando saber de ti. ¿Por qué no quedamos mañana en la cafetería del aeropuerto para tomar café? —mientras él continuaba hablando con toda la naturalidad del mundo, ella hacía verdaderos esfuerzos por encontrar la respuesta adecuada.
Me encantaría. Por supuesto. ¿A qué hora? —consiguió decir después de un leve carraspeo.
—Sobre las diez...  —hizo una pausa. —Entonces, mañana te veo —concluyó sin vacilar.
—De acuerdo, allí nos vemos —se despidió Marina.

Por un segundo, su mirada se quedó clavada en ese teléfono, totalmente impactada por lo que acababa de suceder. Un millón de emociones la embargaron, pero una fuerte determinación crecía en su interior
No faltaría a la cita.
El destino y sus caprichosos criterios son así.

Marina solo tuvo que levantar la vista de esa taza de café para que su mirada se encontrara con la de Alejandro, que en ese momento entraba en la cafetería. Y lo supo. Supo que su amor todavía vivía en su corazón, que siempre había estado ahí.
Alejandro se acercó a ella y la besó.

—Hola... —No dijo más y se sentó en frente de ella sin apartar los ojos de su mirada.

Para el resto del mundo que giraba a su alrededor, tan solo significaron un segundo de su tiempo. Después de todo, no eran más que una pareja como otra cualquiera tomando un café sin dejar de sonreír en una estación cualquiera.





 Beatriz Cáceres.