lunes, 11 de noviembre de 2013

UN PEQUEÑO RELATO...25. ¿LO IMPOSIBLE?.





Basado en la historia real de un pueblo. Viganella está situado en la profundidad de un valle al pie de la montaña Scagiolla, en los Alpes italianos. Durante ochenta y tres días no pueden recibir ni un sólo rayo de sol. Así que idearon colocar un gran espejo en la loma de la montaña, para que por lo menos llegara el sol hasta la plaza de pueblo...

La virtud de lo divino,
reside en el reflejo
de su propio ser
desposeído de toda arrogancia.


—Lo voy a conseguir —pensó Antonello, mientras su mirada se dirigía hacia el horizonte.
A sus pies, se abría un valle profundo. Las laderas totalmente esculpidas por una generosa vegetación, le daba el aspecto de ser una marea verde, cuyas crestas de los árboles mecían el sonido del viento.
Justo en el fondo, cuando la mirada parecía que se iba a perder en un abismo, estaba el pueblo. Desde su altura, las casas simulaban pequeños montículos de nieve caídos desde lo más alto de las cumbres de las montañas. Estas dominaban el entorno con majestuosidad, erguidas, orgullosas, como siendo conscientes de su pétrea existencia. Y no era para menos, ya que se trataba de los Alpes.
Antonello sonrió y centró la vista en el cielo, permitiendo que los rayos suaves del sol de noviembre le acariciaran la cara.
—Mañana a esta hora, te sorprenderé —susurró, a la vez que cargaba con la caja de herramientas y se dirigía hacia la base de la estructura.
Anna acababa de llegar a la pequeña panadería del pueblo. Casi no podía respirar por la cantidad de ropa que llevaba puesta. Cerró la puerta al entrar,  y una mirada de pesar recorrió su expresión. Al otro lado del cristal se podía ver la oscuridad durante el día. Los habitantes del pueblo caminaban cabizbajos inmersos en sus problemas.
El musgo recorría los entresijos entre los adoquines, subía por las paredes de las casas hacia los techos, parecía que nada podía frenar su avance. Crecía y se multiplicaba sin parar, cobijado por una sombra tan intensa que se había adueñado de la atmósfera. Durante ochenta y tres días no podían disfrutar de los rayos de sol. Ninguno era capaz de llegar hasta el fondo de aquel valle.
Se quitó el abrigo y la bufanda y se puso el delantal. Un día más en la misma situación. No podía entender como un sitio tan hermoso pudiera parecer estar bloqueado por el tiempo. Las horas corrían una tras otra, impulsadas por las manecillas del reloj. Un reloj que permanecía escondido en la penumbra de un cajón.
Anna terminó la jornada. Se volvió a poner el abrigo y salió al exterior. Se detuvo un instante para mirar el cielo nocturno. La luna esa noche parecía todavía más lejana, si cabe. Agachó la cabeza y comenzó a caminar, ya que temía resbalar, porque el suelo a esas horas se convertía en una superficie totalmente deslizante.
Antonello, por su parte, decidió pasar la noche en la montaña. Presentía que iba a ser muy larga. Se metió en el saco de dormir casi abrazándose a sí mismo. La tela de la tienda de campaña apenas podía retener el frío del exterior, pero sentía una cálida y reconfortante sensación en su interior.
El amanecer en el lateral de la colina del monte Scagiolla era excepcionalmente bello. Los primeros rayos de sol parecían danzar entre las ramas de los árboles. Pero como si fuera a causa de una maldición provocada por algún Dios vengativo, estos pequeños rayos eran incapaces de bajar hasta el fondo de la montaña y esto venía ocurriendo desde el principio de los tiempos.
Al amanecer, Antonello se levantó y salió casi corriendo al exterior para no perderse ese instante. Durante unos minutos estuvo observando todo su alrededor. Respiró hondo al coger su maletín y sin pensarlo más, se dirigió a la estructura.
Se quitó los guantes para poder teclear sobre el panel en qué dirección exacta quería dirigir el gran espejo y esperó...
Anna, poco a poco, se iba despertando. Sentía una sensación cálida recorriéndole la cara, por un instante creyó que todavía soñaba. Cuando alcanzó a abrir los ojos, se quedó perpleja... El sol estaba dentro de su habitación.
En ese momento sonó su móvil y la hizo reaccionar.
—Buenos días.
Anna estaba como en otro mundo. Continuaba tumbada con sus manos levantadas, dejando que los rayos de sol juguetearan con sus dedos.
—Es mi forma de decirte que te quiero... ¡Qué menos que regalarte la belleza en toda su expresión! —continuó Antonello, susurrándole a través del teléfono.
—Eres lo más hermoso que me podía ocurrir... —consiguió responder Anna, después de unos segundos en los que ya no pudo más y por sus mejillas empezaron a deslizarse lágrimas de felicidad.


 Beatriz Cáceres