martes, 29 de octubre de 2013

LUNA AZUL...

CUADRO: "LUNA AZUL"   BEATRiZ CÁCERES.




No es el horizonte inmortal
lo que me hipnotiza,
son tus ojos 
rozando orillas.
No es tu piel de mareas,
la que mece mi deseo
enroscando en olas,
espuma de suspiros.
Tan sólo soy reflejo
en la noche eterna.
Mi cuerpo al rozarte
deja de sentirse piedra,
y se torna suave
como seda.
Y vivo...
abrazando agua,
sintiendo el latido
de la vida que anida en ti.
En forma de suave brisa,
tu voz pronuncia...
...mi nombre...

                                                                                                                                       




miércoles, 23 de octubre de 2013

UN PEQUEÑO RELATO. 24...LA PUERTA.



FOTO: JUAN MANUEL MOLINA


La fuerza de la Bestia
reside en la Sombra,
que la nutre
y a la vez,
confabula su propio desdeño.


“Uno a uno, ladrillo a ladrillo sin protección, con sus huesudas manos descubiertas; sin importarle los pequeños arañazos que le producía cogerlos. Uno a uno, fue colocándolos en el espacio abierto. Sin un momento de duda, uno detrás de otro. La eclipsada Sombra no cejaba en su empeño.

Cada ladrillo tenía un significado, un pensamiento; un sentimiento de lucha baldía. Tan solo una intención, que no es otra que la de encerrar a la bestia, negándole cualquier contacto con el mundo exterior. 
Necesitaba crear una puerta que no tuviera destino. Un sellado real, ante la vida... ante el dolor.

Mientras la Bestia, salvaje por vocación, se limitaba a acariciar las paredes con sus zarpas. Paredes descarnadas, que permitían a sus propias entrañas emerger a la luz, regando todo el suelo con su propio despojo. 

De vez en cuando entornaba los ojos, para luego proseguir su peregrinaje entre los recovecos de la estructura. De algún recóndito lugar de su mente una frase luchaba por emerger dentro del caos...

"Para que algo se arregle, primero se tiene que romper del todo", se repetía una y otra vez.

Y la Sombra continuaba sin descanso hasta que con un gran esfuerzo llegó al final. Tan solo consintió en dejar un pequeño espacio, una especie de tragaluz por el que pudieran penetrar en la estancia apenas tres rayos de sol robados a un día soleado.

Ante tal situación, en un momento de desesperación, la Bestia arremetió con fuerza contra las paredes. Intentó saltar lo más alto que pudo para conseguir tocar el techo en un intento inútil de poder escapar.
Cada vez caía con más fuerza contra el suelo
Su respiración era jadeante...

Parecía que dentro de sí empezaba a tomar conciencia de que no había salida.

Con desesperación se arrodilló en el centro de la habitación; mientras se balanceaba de un lado a otro y acompañaba su movimiento con un lastimero lamento. La Sombra la observaba pesarosa desde el pequeño tragaluz y no pudo reprimir que una lágrima surcara su faz con  su errático recorrido.

En un determinado momento, la Bestia se quedó quieta, terriblemente estática. La única vida la tenían sus ojos,  tenía la mirada totalmente concentrada en los ojos de Sombra. Ni un parpadeo, tan sólo su respiración.

Hasta que de un salto, se puso en pie y comenzó a avanzar hacia la puerta tabicada. Se detuvo delante de ella con las dos manos apoyadas en los laterales.
Podía sentir el latido de Sombra, su olor...

Cada vez gemía más y más fuerte.

Retrocedió unos pasos para coger fuerza y con todo el ímpetu que pudo, arremetió contra la puerta bloqueada. El impacto fue tan brutal que la tiró al suelo con el retroceso sobre los escombros. Una y otra vez, atacó a los ladrillos que empezaron a ceder ante su fuerza, resquebrajándose como el cristal más fino. Llegando al fin a desintegrarse totalmente.

La Bestia permanecía tumbada en el suelo...

La había tirado su propia fuerza con la inercia del último empujón. Herida, sangrante, hizo un último intento y como pudo se puso en pie. Tambaleándose por la debilidad, miró de frente a Sombra que en ese momento estaba cerrando los ojos. Sin dudarlo comenzó a caminar cada vez más deprisa, hasta que empezó a correr y de un salto se introdujo en su interior.

Sombra cayó al suelo como una suave hoja vencida. Se retorcía, entre espasmos incontrolables; mientras intentaba controlar a la Bestia, que estaba arañando espacios en sus entrañas. Pudo ver desde el ángulo que tenía desde el suelo el efecto devastador de la Bestia.

—No hay puerta en toda la tierra capaz de encerrar una fuerza como la tuya —pensó resignada.

Diana se incorporó de un salto en la cama. Estaba totalmente empapada de sudor. Flexionó las rodillas e introdujo la cabeza entre ellas. Tenía sus manos en el interior del propio arco que ella misma había creado.

No podía parar de llorar.

Había sido una pesadilla real, tan real que casi no podía controlar el temblor de sus manos.

Al cabo del rato, cuando por fin se apagaron los sollozos, levantó la cabeza y dirigió la mirada hacia la puerta de la habitación.
Estaba cerrada.
Ella era la responsable de que estuviera así. Por temor al dolor había decidido aislarse de todo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que eso no la llevaba a ninguna parte.

Lo único que había conseguido era alimentar y fortalecer a su propia Bestia interior. Permitiendo que Sombra, su espíritu de voluntad, estuviera expuesta al sacrificio.
Con un gesto rápido se secó los ojos y apartó las sabanas. Se puso de pie y se dirigió hacia la puerta.
Con el pomo entre sus dedos, se quedó quieta un segundo. Algo en su gesto cambió, la huella de la determinación fue ganando paulatinamente milímetros en su expresión.

—El valor inherente a una puerta, es que siempre se puede abrir. No sé hacia donde voy, pero no quiero tener miedo. Debo cruzarla —pensó, a la vez que empezaba a caminar.
 Observó que la vida había continuado sin ella y eso era
algo que no se podía repetir. Un cálido sentimiento le embargó el corazón.
¿Sería ESPERANZA?...


                                                                                                                                     
                                                                                                                                                                                     








miércoles, 16 de octubre de 2013

ATRAPADA.



FOTO: JUAN MANUEL MOLINA.




Se desvanece la distancia,
entre mi piel y la tuya...
a mi lado
no siendo capaz
de rozarte...
Nuestros dedos respiran
el aire que silbante
parece entre ellos bailar.
Tan lejano
y tan cerca...
arrastro entre mi palma
y el cielo remolinos,
de deseo por alcanzarla.
Un hilo invisible me atrapa
hacia ti,
un diamantino hilo
arropa mi muñeca 
convirtiéndola como flor
en corola nacarada...
...sangrante de amor...
Pero estás tan lejano,
a la vez tan cerca,
que puedo sentir el latido
del acero en cada eslabón,
semejándose a escalera
infinita de caracol.
Sin ti nada soy...
pero a la vez,
broto en cascada donde
mi voz suena hueca.
queriendo capturar su eco
trenzado en el deseo de ti.
Tan lejano
y tan cerca...
atrapada en quebradiza piel,
desvaneciendome por el anhelo.

                                                                                                                                                                               

domingo, 6 de octubre de 2013

UN PEQUEÑO RELATO 23...Y DE REPENTE...UN EXTRAÑO.



FOTO: SANDRA SELVA




La vida surca su recorrido entre un mar de sombrillas. Cada una recoge en el interior de su corola, como si de una flor se tratara, la esencia de mil y una historias, que llegando el anochecer al replegar sus figurados pétalos de tela, son capaces de encerrar la luz de las almas en forma de luciérnagas.


"Ante ella, en una mesa pulcramente limpia, se extienden los papeles. El abogado con voz totalmente monótona le explica detalladamente los pormenores del acuerdo al que se ha llegado al fin. Pero Marta no es capaz de prestarle atención. El latido de su corazón suena demasiado fuerte en su interior como si de un timbal se tratara, mientras su mirada está fija en los papeles.

Parpadeo.
Su mirada directamente clavada en los ojos de  su interlocutor.
Parpadeo.

Tan suave como batir ala de mariposa. Su intención no es la de conservar la imagen nítida en su memoria, todo lo contrario, cada parpadeo involuntario busca poder borrarla, como si al abrir los ojos esperara encontrarse perdida en otro horizonte.

—Cálmate. Ya casi  está. —Se dice una y otra vez, intentando mantener la compostura. Hasta en su interior, su voz le suena temblorosa, como si no llegara a querer creerse lo que estaba pasando.

En ese momento, con un simple gesto, el abogado le señala con el dedo el lugar exacto donde tiene que firmar.

Marta sujeta firme el bolígrafo, es consciente de que tan sólo dieciocho letras la separan de la libertad. Son las letras de su nombre.

El surco de la primera letra comienza a dejar su propia sombra en el papel... M...

—No más heridas sin dejar huella sobre la piel. Las más profundas son las que no dejan más que una purpúrea mancha en forma de flor, cargada de veneno entre sus pétalos.

Marta empieza a sonreír tímidamente cuando empieza a escribir la primera letra de su primer apellido... S…

—No más rejas invisibles capaces de dejarte casi sin respiración. No hacen falta muros para sentirse encarcelada, como si tus propias alas sucumbieran a la fuerza inexistente del alambre de espino.

Sin darse cuenta cada vez está más erguida sobre su silla, casi no siente la presión de sus dedos sobre el bolígrafo. Cinco letras y se acabó.

—No más sensación de fracaso, cuando tienes todo en tus manos para ser capaz de conseguirlo. Se acabó el poder de esa voz escupiendo palabras capaces de despojarte, capa a capa, de tu  propio ser dejándote el alma a un nivel más inferior que la propia tierra.

Al levantar los ojos del papel, Marta se siente totalmente diferente. Sin miedo, busca los ojos de Jaime, su ya ex marido y se asombra al comprobar que de repente le devuelve la mirada un extraño. No es capaz de reconocer en él ningún rasgo que le dijera que todo lo pasado hubiera tenido algún sentido.

Sin más se levanta y se dirige hacia la puerta con paso firme. Se para tan solo un segundo con la manivela entre los dedos y respira hondo. Al abrir la puerta siente que las lágrimas luchan por resbalar por su cara, pero esta vez tienen un significado diferente.  

¡Por fin se siente libre!”

Debajo de la sombrilla, Marta está tumbada tomando el sol, disfruta de un buen libro. La brisa del mar acaricia su pelo. Poco a poco está reconstruyendo lo que alguna vez llegó a ser. Es consciente de que no va a ser nada fácil, pero su fuerza cada vez es más grande; mientras la vida sigue surcando su propio camino sin mirar hacia atrás entre la marea de sombrillas. Sin tan siquiera perder el tiempo en ser consciente de su  propia existencia, ajena incluso a ella misma.


                                                                                                                          Beatriz Cáceres