sábado, 22 de junio de 2013

IN MEMORIAM...ENRIQUE.






Abrazo entre los dedos
restos de océano,
urdidos de sal y mareas,
donde el amanecer
y el ocaso se vislumbra,
a través de los reflejos
de estrellas. 
Mi vida...el mar,
Entonces... 
¿cómo no pude sentir
que llegabas?
¿Cómo no pude percibir
tus suaves pasos?,
¿cómo pude estar ajeno
a la caricia de tus gélidos
dedos al pasarlos por mi nuca?
¿Y tu beso?
Tu lánguido beso,
que en su misma vida,
atrapabas muerte.
Enredado en tu lengua
pude casi palpar,
el ruido al
secarse mis venas
erizadas de sal...
Pude sentír como mi corazón
paraba latido
coralizando el tierno músculo,
trocándose en caracola,
aferrando mi alma 
en su infinita espiral.
Y no hubo sonido,
tan sólo brisa,
no existieron palabras,
tan sólo ecos..
de cantos de gaviota.
Pude ver en tu mirada
amor,
...y en tu boca...
tu aliento de muerte,
me arrastró hasta
caer sobre el suelo 
yermo de proa...
Vencido...
...Caí....
y ni los primeros
rayos albores,
consiguieron apartar
de mi...
...tu mirada.





  En memoria de un  buen amigo, que ha fallecido en medio del mar...trabajando.
Un beso Enrique, siempre te conservaré en mi corazón.
Y a ti mi preciosa amiga Bea...tan sólo decirte que no hay palabras para mitigar tanto dolor. Pero sí el consuelo de haber vivido un amor en plenitud. Un beso.


miércoles, 12 de junio de 2013

UN CHUBASQUERO DE CHAROL AZUL...




Foto: Rafael Cascales.


Lo que no se ve,
alcanza la magnitud
tan sólo equiparable
al insondable y profundo
abismo...



El sonido de su taconeo al caminar, provocaba que todas las miradas se dirigieran a la vez hacía el origen de esos pequeños ecos. Enfundada en unos ajustados jeans, las piernas de Nerea parecían dos columnas perfectas esculpidas centímetro a centímetro de sensualidad. La camisa blanca abotonada justo a partir del tercer botón, dejaba asomar unos senos simétricamente perfectos cubiertos por una piel tersa.
Nerea era la seducción forjada en forma de cuerpo de mujer.
Los reflejos del sol en su cabello parecían envidiar a las pequeñas sombras que juguetonas, se intercalaban entre los mechones y semejaban bailar una exuberante danza sobre sus bellos hombros, dando la sensación de que el aire que la envolvía suspiraba por su roce.
Al sentarse, dejó el gran bolso de color rojo que llevaba en la silla de al lado. Agitó su melena y su fragancia, una mezcla de flores exóticas donde la orquídea negra era la protagonista, empezó a reinar devorando espacios al mismo aire.
Llevaba el rostro semi oculto detrás de unas enormes gafas de sol de pasta oscura.
Al acercarse el camarero a la mesa tan solo levanto la mirada y le dijo…
—Un café solo, por favor —al decir esto, abrió el bolso y sacó un pintalabios de color rojo con un pequeño espejito. Lo abrió y comenzó a pintarse los labios con movimientos suaves, casi acariciándolos. Tenía exactamente el mismo color que las uñas, que enmarcaban unas manos muy bien cuidadas. Unas manos que parecían estar destinadas tan solo para una cosa... acariciar.
Y así se sucedían los días. Uno tras otro, como las hojas de un libro al ser leído. Las mismas pautas, la misma actitud. Cada vez un acompañante distinto.
Nerea nunca repetía.
Una mañana gris, de esas en que parece que las nubes se sienten demasiado perezosas para moverse y tan cansadas que ni siquiera la lluvia se siente con fuerza para derramarse sobre la tierra, Nerea entró enfundada en un chubasquero azul de charol.
Se sentó en la mesa e inició el mismo ritual de siempre. A su lado, una pareja estaba preparando a su bebé para volver a salir al exterior ya que amenazaba lluvia.
Nerea, allí sentada, los observaba con una pequeña sonrisa en sus labios perfectos. Al acercarse el camarero para preguntarle que quería tomar, lo miró, sonrió y dijo...
—¿Sabes? Lo daría todo por tener lo que ellos tienen.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó, sin llegar a comprender muy bien.
— El problema soy yo…   —y se guardó mucho de decirle lo que realmente estaba pensando. Nerea estaba convencida de que en muchas más ocasiones de las que se quisiera,  resulta que lo más brillante no es lo que tiene más luz. Todo lo contrario. Ese brillo puede esconder la oscuridad más absoluta. Y esa oscuridad atesora inseguridades, soledad, miedos y una gran incapacidad para sentir verdadero amor por nadie.
Al regresar el camarero con el café a la mesa, se encontró con que un nuevo acompañante estaba sentándose. Cuando dirigió los ojos hacía el rostro de Nerea, pudo sentir sus palabras ocultas en su sonrisa y le sorprendió comprobar que era especialmente deslumbrante.


Beatriz Cáceres.




               

jueves, 6 de junio de 2013

ERES TU...SOLEDAD.

Foto: Sandra Selva Saez.



La brisa me acaricia,
como con suaves suspiros...
Cierro los ojos,
es tu imagen
 la que vive en ellos,
enredada en mis corneas,
nadando en mis iris...
Tanto amor sin destino,
a mi lado es el vacío,
el que pulsa,
el que rebosa espacios,
el que quebranta piel,
el que aplaca deseos...
Es el amor el que
 escoge caminos,
y es el corazón,
el que decide amar ausencias,
obstinado en enraizarse en utopías,
porque al amarte,
es la soledad la que abriga,
la que cobija,
la que acaricia recovecos,
donde el alma decide perderse.
Y abro los ojos...
y esa brisa me susurra
palabras de amor,
y es ese inmenso mar,
a través de brillos
como de espejos rotos,
el que me devuelve
el reflejo...
de una realidad sangrante.
Eres tu soledad,
la que urdes con tu boca,
con tu lánguido beso,
mi evolución en espuma de mar,
cristaliazandome en crestas...
dejándome morir...
una y otra vez
rozando orillas,
al compás de la marea.