martes, 20 de noviembre de 2012

UN PEQUEÑO RELATO 17...LOLA.




Silencio...
Abrazo la muerte
en la nacarada
y gélida piel
que me protege...

Las gotas de lluvía resbalaban sin prisa por el cristal de la ventana. Grabando en su recorrido surcos que de repente se iluminaban con el haz de luz de cada relámpago.  Haciendo surjir del cristal reflejos de espejo color ámbar que se mezclaban con el color del atardecer. 

En el interior de la pequeña habitación de hospital yacía moribunda Sophie. A los pies de la cama Lola, de pie abrazaba al pequeño Anthony.  Éste, se aferraba a ella como si fuese su tabla de salvación. En la pequeña habitación casi se podía tocar el olor de la muerte, que con pasos suaves iba afianzando su fuerza sobre el frágil corazón de Sophie.

En un último aliento Sophie dirigió su mirada perdida hacia los ojos de Lola. Con un hilo de voz, haciendo un verdadero esfuerzo sus labios se movieron...

-Prometeme que no le vas a dejar...!prometemelo!.- alcanzó a decir en su  último suspiro. De repente su mirada se quedó fija en el vacio y su cabeza se dobló hacia un lado cerrando los ojos.

El pequeño Anthony se abrazó a ella todavía más fuerte sollozando. Y Lola sintió, sintió verdadero amor por aquél niño.

- He perdido a mi mamá, ahora tu eres mi mamá .- le repetía una y otra vez entre sollozos.

Hacía quince años que Lola vivía en Londres. Su vida giraba en torno al trabajo y a sus labores como voluntaria. Le hacía feliz poder ayudar a la gente más necesitada. Desarrollándo esta función fué como llegó a conocer a Sophie y a su pequeño.

Ahora era consciente de que tenía que hacerse cargo de él. Cuidarlo. Así que lo adoptó. El pequeño Anthony pasó a ser el centro de su vida.


Pasaron los días, los meses y los años como si asemejaran a hojas caidas de los árboles en otoño. Uno tras otro. La piel de Lola, su cuerpo entero se sembró de ínfimos surcos donde la edad se adueñó de cada centímetro de su cuerpo.

Llegó el momento de regresar a España. Anthony, aquel pequeño inseguro, gracias al cariño de Lola se había convertido en hombre...en un hombre que transmitia la palabra de Dios. Lola estaba orgullosa de él. Se sentía plena como madre porque él era un hombre de bien.

Un día, el amanecer irrumpió en la habitación de Lola. Al abrir los ojos, todo le pareció diferente. Se levantó, caminó hacia la ventana...y no era capaz de reconocer lo que había en el exterior. Empezó a jugar, sentada en el suelo; con el haz de luz que entraba por la ventana. Levantó las manos y dejando que apareciera y desapareciera entre sus dedos.

Al entrar Anthony en la habitación, la encontró de esta manera y cantando la canción de cuna que le solía cantar a él. En las noches, que se despertaba atormentado por las pesadillas. La solía tararear una y otra vez, hasta que lo calmaba.

- ¿Cómo crees que es la cara de la muerte? ¿Piensas que es de una mujer joven o por el contrario...de una anciana? .- le preguntó, sin bajar las manos...

Al mirarla a los ojos, Anthony percibió que Lola; su madre...ya no estaba.