sábado, 28 de julio de 2012

UN PEQUEÑO RELATO. 16...LA LLAMADA.










 El sonido del teléfono irrumpió en la vorágine de la hora punta del restaurante. Todos seguian su ritmo queriendo ignorar el aviso que se repetia una y otra vez...

Ana con con un movimiento mecánico levantó el auricular.

- Restaurante Vera digame .- dijo, girándo la cabeza a la vez porque los clientes la reclamaban.

-Hola buenas noches. Soy Guillermo Sevilla. Soy detective privado...- al decir estas palabras hizo una pequeña pausa. En ese instante para Ana todo el sonido del local desapareció, como si de repente hubiese entrado en un túnel. Su mente se disparó a una velocidad increíble hasta para ella.

 - Tengo entendido que ahí  trabaja Ruben Hidalgo. Necesito ponerme en contacto con él. ¿Sería posible?.

Ana se giró de nuevo y observó a Ruben atendiendo una mesa. Cerró los ojos y dudó un segundo...

-Ruben, cuando puedas ponte al teléfono preguntan por ti .- le dijo, ya sin dudar; fuera lo que fuera era algo que él tenía que afrontar.

Ruben la miró extrañado, sus ojos azules parecieron hacerse todavía más claros. Dejó los platos en la mesa y se dirigió hacia donde estaba Ana. Hizo un gesto como preguntandole con la cara y Ana levantó los hombros y le pasó el auricular.

- Si, digame. Soy Ruben  Hidalgo.- se oyó decir con una extraña voz.

- Hola buenos dias. Soy Guillermo Sevilla, detective privado. Llevo tiempo haciendole un seguimiento porque ha contratado mis servicios una señora... que dice ser que es su hermana...

Ruben soltó el teléfono, no pudo seguir...Ana que habia permanecido cerca, totalmente intrigada  se apresuró a recoger el auricular del suelo.

- Oiga...lo lamento pero en este momento no se va a poder poner. Déjeme su número de teléfono y él se pondrá en contacto con usted...- siguió hablando Ana. A Ruben le pareció intuir que la oía a lo lejos. Sus pasos lo empujaban a salir del local.

Atravesó la puerta lateral de cristal sin apenas notar a sus pasos rozar el suelo, sin ver todo lo que se movia a su alrededor, sin escuchar ningún sonido.

Salió a la noche abierta...La luna reinaba, totalmente llena; sobre un terciopelo azul oscuro. Su reflejo en el mar, entre cresta y cresta de ola; parecía querer ofrecerle trozos inmaculados de ternura impresa en piedra.

Ruben no podía dejar de caminar. Paró un segundo y se descalzó para que sus pies notaran el alivio de la húmeda arena. Sus recuerdos lo transportaron muy lejos. A un ayer que le traía aromas de niñez, un aroma totalmente diferente. Donde se vivía en un mundo sin puertas, la intimidad de cada vida; se cobijaba encerrada entre cortinas.

Familias enteras conseguian sobrevivir en habitaciones totalmente reducidas. Sus ojos abandonaron su mirada perdida para concentrarse en sus pies...De repente su tamaño se redujo ante su mirada, eran pies infantiles eternamente descalzos; invierno y verano. No habia dinero para zapatos, con un gran esfuerzo, por parte de su abuela paterna; alguna vez esos pequeños pies habían calzado una especie de sandalias de esparto.

Pero, sin explicación sentía felicidad evocando recuerdos. Dias enteros pasados a penas sin comer. La sensación de hambre se había adueñado de su persona durante muchos años; pero todo esto daba igual. Él y su hermana pequeña Alicia, pasaban los días enteros entre juegos y risas. Ni siquiera notaban la ausencia de sus padres; porque se tenían el uno al otro.

Les encantaba esconderse debajo de la cama donde dormian con su abuela. Para él, era una enorme cama de madera con colchón de lana. En la que solían saltar una y otra vez, Alicia y él ; en el momento en que su abuela se descuidaba. Les parecia estar saltando sobre nubes blancas y de algodón. El sonido de las risas de Alicia, le hacia feliz; le llenaba el corazón.

Algunas noches, antes de dormir; les contaba historias de la familia. Su abuela abría un pequeño arcón, que para ellos era como un bahúl lleno de tesoros. 

Ruben, cerró un instante los ojos. La podía ver delante de él, abriendo el pequeño arcón; con una especie de ritual. Como se agachaba para coger una pequeña lata antigua de galletas, la llevaba hasta la cama y se sentaba entre los dos; con la pequeña lata encima de su regazo. Ésta era como de latón. Tenía el fondo negro y estaba repleta de enormes flores de colores.

Al abrirla, era como si se destapara la caja de los secretos. Hasta la atmósfera cambiaba su consistencia, parecía que hasta el aire se transformaba en algo antiguo, le daba la sensación de respirar el mismo aire que respiraban las personas que se habían quedado atrapadas para siempre, en las fotografías.

En concreto, había una que le llamaba poderosamente la atención. Mientras su abuela les relataba la vida de cada persona; él buscaba con la vista, con inquietud...una en especial. Y no conseguia entender porque su abuela, cada vez que salía esa fotografía la ponía con un movimiento rápido con las ya vistas, sin contar nada. Era una fotografía de él, siendo bebé con una niña de unos cinco años. Le extrañaba, en su mente de niño la reacción de su abuela.

Una mañana en la que estaban solos, no lo dudó. Abrió como pudo el arcón  y sacó la pequeña lata. Con rapidez buscó la foto y se escondió debajo de la cama para poder verla con tranquilidad. Sus pequeños ojos no podían parpadear del asombro. La niña tenía la misma cara que él. Una melena rubia, tan rubia que parecía blanca. Ésta, enmarcaba una carita de tez pálida como la luna; con unos ojos de color azul zafiro.

Le dolía la cabeza de tantas preguntas que se acumulaban el ella. ¿Quién era esa niña? ¿Por qué nunca le hablaban de ella?...

Con el pasar de los años aquel recuerdo se había quedado dormido en algún rincón de su memoria. Los continuos cambios de sus vidas los habían arrastrado hasta España y es aquí donde tenían su vida ahora. No se había podido separar de Alicia. Ésta,  ya casada vivía en el mismo pequeño pueblo; en la costa.

Había estado tan sumido en sus recuerdos, que no se había dado cuenta de que llevaba rato sentado sobre una roca del espigón. Al levantar la cabeza, observó que llegaba Ana. Cuando estuvo a su altura,  se sentó a su lado y le cogió la mano. Sin abrir la boca posó un papel sobre su palma. Ruben pudo distinguir un número de teléfono.

La miró en silencio...

- Tranquila, mañana llamaré. Por fin, las piezas de mi vida van a encajar. Estoy seguro que se trata de ella.- le dijo con los ojos llenos de lágrimas.

Los dos se miraron con ternura, sonriendo...