sábado, 1 de diciembre de 2012

AL OTRO LADO.









Las diminutas gotas de lluvia golpeaban pausadamente sus párpados. Helena se llevó las temblorosas manos a la cara parar intentar parar su cauce. Parpadeaba lentamente, mientras se esforzaba por  recobrar la consciencia. 

Supo que lo estaba consiguiendo cuando empezó a notar un sinfín de piedrecillas clavándose en su espalda y en la parte posterior de la cabeza. Se giró para evitar que la lluvia le ahogara los ojos.

Apoyó las palmas de las manos sobre la gravilla para intentar incorporarse. Se sentía totalmente lastimada. Pequeñas heridas le cubrían la piel de las manos. Poco a poco, consiguió sentarse. Al hacerlo se formaron pequeños charquitos en los pliegues de la ropa.

Miró a su alrededor con gesto de impotencia al darse cuenta de que no sabía dónde estaba, pero aun así comprobó que estaba sentada en mitad de un descampado y rodeada por edificios. Exactamente podía ver los tendederos repletos de ropa y cómo una serie de desconchones de todos los tamaños y formas, jugaban con ganar la atención de su mirada.

Sacó fuerzas de donde pudo y se puso en pié. A sus piernas les costaba mantener el equilibrio. Nunca sospechó que le resultaría tan doloroso tirarse de un coche en marcha.

Empezó a caminar torpemente mientras la lluvia no le daba tregua. Su larga melena rubia estaba totalmente empapada y le costaba mucho apartarla de su cara.
En su mente se agolpaban los recuerdos de todo lo que acababa de vivir...

Había huido  de su país buscando una vida mejor. Cuando su amigo Gregory le comentó la forma en que podía hacerlo, jamás pensó que pudiera ser una trampa. Su sorpresa al llegar fue enorme, cuando descubrió que tenía la vida presa en manos de delincuentes, que le iban a hacer pagar la deuda de una manera que nunca pensó que pudiera ser posible.
Intentó secarse cómo pudo la cara con la manga empapada de su jersey. Al hacerlo pudo oler el perfume de Javier. De repente notó como una agradable sensación de calor le llenaba el interior del pecho.

Javier había sido la única luz en aquel oscuro túnel. Cerró los ojos y pudo visualizar la primera vez que se cruzaron sus miradas y de la forma sutil en la que se había ido acercando a ella poco a poco, a pesar de estar sumidos dentro de aquella vorágine de acontecimientos.

El amor surgió de manera espontánea. A Javier no le importaba nada todo lo que  se había visto obligada a hacer. Él se mantenía en su puesto. Cada vez que la obligaban a visitar a un cliente era Javier el que la llevaba con el coche.

—Mi amor, no te preocupes en cuanto tengamos la más mínima oportunidad. Te sacaré de esto. Te lo prometo.

Helena lo miraba en silencio con total incredulidad. En el fondo de su corazón deseaba que sus palabras fueran ciertas, pero no podía remediar dudar de él. La vida, a estas alturas, le había enseñado que no se podía confiar en nadie.

Aquella noche no le había dado indicios de que todo fuera a ser diferente. Se había sentado en el asiento posterior del coche como siempre, mientras que conducía Javier y a su lado permanecía en silencio el guardaespaldas de turno. 

Se dirigían al centro, a un conocido hotel de lujo. Javier aprovechó que había mucho tráfico y cogió una ruta alternativa que los derivó a la periferia de la ciudad. Sus miradas se cruzaban a través del espejo retrovisor en silencio. Al pasar por una zona de descampados entre edificios, Javier aminoró la marcha sin llegar a detener el vehículo.

Sin dudarlo sacó un arma y le apuntó al copiloto a la garganta, antes de volverse con rapidez para gritarle:

—¡Ahora! ¡Salta del coche! —gritó decidido.

Helena dudó durante un segundo fugaz.
De forma automática cogió la manivela de la puerta y saltó con los ojos cerrados sin  mirar hacia donde caía. Justo en ese momento, pudo oír el sonido de un disparo.

Por inercia, se encogió todo lo que pudo antes de impactar rodando contra el suelo.

 
Entonces,  todo se  apagó...