martes, 29 de marzo de 2011

UN PEQUEÑO RELATO...







Laura, vive en un impás temporal...

Cuentan que no vive aquí entre nosotros...Ve pasar los segundos de su vida, ensimismada en sus recuerdos.
No le importa la brisa meciendo sus cabellos, ni la lluvia calándole las manos. Ella esta lejos...muy lejos.
Su esfuerzo se centra, en apartar las telarañas de su mente. En sacarles brillo como de espejo.
Tiene como atesorados todos sus momentos vividos, de un ayer que la dejó totalmente atrapada. 
Sus manos surcadas por las huellas del tiempo, reposan frías sobre su falda. Eternamente frías, como si se hubiesen quedado sin cobijo, pareciendo como huéspedes, ajenas a cualquier contacto.
En su interior, su corazón se siente joven. No tiene ninguna sombra de herrumbre, protegido como está por la calidez del amor.
Un amor más allá de todo...
Se puede ver joven, con su cabello cobrizo, suelto y libre. Su piel blanca, casi transparente, como ala de mariposa. De seda como melocotón.
 Se puede ver, si; corriendo en la huerta buscando a Juan. Con la cesta llena de comida para comer con el, bajo el sauce llorón. Su sauce. Bajos sus ramas mecidas por el viento, cuanto amor se había quedado allí atrapado...Dentro de un corazón grabado en su tronco...
Juan, su Juan...lo era todo para ella. Lo amaba todo de él. Le encantaba sentarse a verlo trabajar la tierra. Era emocionante ver como acariciaba la tierra con sus manos...Esa tierra, que muchas veces se lo devolvía floreciendo pletórica ante él, como amante abnegada. Otras, sin embargo era despiadada sin medida.
Cerró los ojos, un instante; como protegiendo su mirada, ante la visión...
Lo pudo ver allí tirado en el suelo, boca abajo, con los brazos extendidos; como queriendo abrazarla...
Al girarlo, asustada, pudo comprobar que ya no estaba...De su boca manaba un hilo de rojo carmesí, que gota a gota, había impregnado la tierra; formando una diminuta laguna, por donde se le había escapado la vida.
Allí como estaba, lo abrazó y levantó su cabeza hacía el cielo. Un azul zafiro le devolvió la mirada, sin inmutarse.  Con la boca abierta, todo lo que pudo; no fue capaz de gritar...Su garganta olvidó pronunciar ningún sonido...
Y en ese momento, su corazón entro en pausa...
Enterró a Juan, bajo las sombras del sauce. Le concedió a la tierra, que tanto amaba, el regalo de poder abrazarlo eternamente. Y allí entre sus brazos descansa su Juan, para siempre...
No pierde ningún segundo pensando en todo lo que tuvo que luchar para no perderla. Fueron tiempos duros, muy duros. Pero siempre, al atardecer volvía bajo el sauce llorón. Se tumbaba junto a él y se sentía abrazada por sus ramas...
En las siguientes primaveras, de la laguna carmesí, empezaron a florecer las más preciosas de las rosas. De forma totalmente natural, fue creciendo en mitad del huerto, entre los naranjos, un extraño y precioso rosal.
Rosas que ella corta para llevárselas a su Juan... todos los atardeceres de su vida.